La ruta del vino de Alsacia – Colmar

La ruta del vino de Alsacia – Colmar

12:00 horas
Colmar, en medio de la ruta del vino de Alsacia aún se espabila bajo el tenue sol de Septiembre. Los mercados comienzan a abrir, los niños corretean en el patio de las escuelas. Había planeado un par de horas para recorrer esta pequeña ciudad en el este de Francia pero es un lugar tan lleno de historia que dos horas se convierten en cuatro. Y a la quinta me entero que los restaurantes tienen la mala costumbre de cerrar a las dos de la tarde y abrir para la cena en la noche. 

Claro que puedo sentarme en uno de los miles de cafés para turistas que hay en cada esquina, pero me niego. Yo vine a probar comida francesa. Allí donde fueres come donde los lugareños.

Tomo un café y un pedazo de tarta de manzanas (apunten ahí: es la mejor tarta de manzanas que he comido en mi vida). Terminado el tentempié sigo en lo mío. En las fotos. Cientos de fotos de arquitectura nueva y vieja. Colmar tiene todos los movimientos arquitectónicos posibles, desde el románico hasta la fecha. Y eso para un arquitecto es bueno. Muy bueno.

A propósito, ¿alguien sabe cuántas flores le caben a una ciudad?

17:00 horas – Wettolsheim
Alrededor de Colmar gravitan decenas de pequeñísimos pueblos de la ruta del vino de Alsacia rodeados de viñedos en los que las bodegas se alinean unas al lado de las otras . Escojo Wettolsheim un lugar al que los turistas han perdonado y diez minutos me detengo ante la primera puerta que encuentro abierta.

“Cremant”
dice desde el otro lado de la mesa, rodeado de barriles, cajas de vinos y botellas por doquier. “Cremant” repite el simpático vinatero y agrega una explicación del proceso de producción del vino en un alemán tan perfecto que ya quisiera yo. Habla también inglés y lo que haga falta. Francia ya no es lo que era. Apunta el próximo nombre de la lista, sus manos son rudas, cada uno de sus dedos son como dos de los míos:

“Pinot Blanc”
el líquido vuelve al fondo de la copa. “No me gusta el vino blanco, pero este sabe a flores” suelto y al momento me arrepiento de soltar semejante estupidez. “Violetas” responde el francés sonriente, satisfecho. Si yo que hasta hace poco era incapaz de diferenciar un vino de una cerveza soy capaz de identificar flores en el sabor de este vino, pueden estar seguro que sabe a flores.


“Me gustan los vinos dulces” digo ya en confianza y él saca una botella de abajo de la mesa, como los magos. El aroma en la copa es dulzón, pero el sabor es el de un vino en toda regla. “Gewurztraminer” dice, yo asiento y vacío la copa con aire de conocedor.


Y ya puestos a pedir, aprovechando que estamos en confianza lo reto a poner el vino más dulce que tenga y “Voilá, este es un Gewurztraminer que ha reposado en barricas”.  “Pero esto sabe a cedro” le digo y el regordete se reclina en la silla satisfecho. El intenso sabor a madera inunda el paladar. El cedro es increíblemente sabroso. Como si yo, en un arrebato alcohólico, le hubiese dado una mordida a la pata de la silla. ¡Pero por favor no lo hagan en casa!

“Me llevo una botella de esta y dos de esta y me voy antes que me arruines” le digo pasándole la mano por encima del hombro. Y menos mal que así fue pues de salida me enredo con las ruedas de una carreta repleta de uvas recién recogidas. «¡¿Quién carajo dejó esta cosa en medio del camino?! Coño Jean Louis asere ¿puedo tomar una uva? “ Mi anfitrión asiente y yo hundo la mano en la masa que repleta la carreta. Y su sabor dulzón me recuerda que tengo hambre.


Jean Louis, que ya es como de la familia, me recomienda un restaurante donde va a comer solo la gente del lugar, a la salida del pueblo vecino de Eguisheim.

19:00 horas – Eguisheim.
Hace treinta y muchos años, decidí aprender idioma francés en la Alianza francesa. Pero sin relación con Francia ni francesas ese idioma se fue durmiendo en el fondo de mi cabeza. Luego, a la hora del alemán, las pocas neuronas que me quedaban libres no resultaron suficientes para aprender esa jerigonza y tuve que hacer espacio como pude. Y así, la francesa era para mí una lengua perdida. Hasta esta noche “Mesdames et Messieurs”.

“¡Para mí un Cremant”! ¡¿Ven?! Acabo de aprender la palabra y ya le estoy dando uso.

No voy a torturar al personal con los detalles, con los sabores, los olores, los “Oui, monsieur”, los «Mon Dieu» y los “dios míos”. Permítanme pero, un par de oraciones acerca de la salsa. 

“Sauce béarnaise” le llaman. Pa’ qué mentir, no la conocía. Mucho menos que está hecha a base de mantequilla y yema de huevo, condimentada con estragón y chalotas, con perifollo, cocinado en vino y vinagre para hacer un glaseado.

¿No tienen ni puta idea de lo que dije? ¡A que no! Bueno, yo tampoco. Tomé la explicación de Wikipedia y todavía no sé qué cosa es el estragón, ni las charlotas ni el perifollo. Tampoco me es posible describir el efecto que produce cuando hundes un pedazo de ternera o pan o los dedos en esa salsa y la depositas en tu boca. Es indescriptible… es algo como… como… eh… a ver cómo te explico… ¿sabes el cuento de la mamalona atómica?

Toda buena comida termina un espreso. ¡Falso! Los franceses tienen una cosa a la que llaman Café Gourmand que es el resumen de lo dulce, lo salado y lo amargo  y to’ lo bueno que he podido imaginar en mi miserable vida del otro lado de la frontera. Vamos, puedes estar seguro que si no te chupas los dedos, alguien lo va a hacer por tí.

21:00 horas
No hay mejor final para un día así que abrir la puerta de la limusina, decir “Gastón, a casa” al chofer que dormita en el asiento delantero y dejarte llevar mirando el paisaje mientras jugueteas con el sombrero entre tus manos. Pero ese no es mi caso, a mi me toca conducir por entre viñedos oscuros de regreso a Alemania. No es el fin del mundo, pero es lo que hay. Abro la ventanilla y el aroma a los vinos que descansan en el fondo de todas las barricas del mundo llenan el auto. Y platos exquisitos salidos del horno dan vuelta en mi mente. No es la primera vez que visito una zona vinícola, ya me pasó en la ruta del vino alemana, siempre es una sensación nueva.

Hace muchos años una amiga me dijo que las zonas vinícolas son el mejor lugar del mundo para degustar buena comida. Tenía razón. No puede ser de otra manera. Gente de paladares entrenados al más alto nivel, que diferencia hasta los más tenues sabores en los vinos más caros, necesita comidas a la misma altura. Los restaurantes de comida rápida no tienen lugar aquí en la ruta del vino de Alsacia

Tras la última curva diviso la claridad del otro lado de la frontera. Al final del puente sobre Rin una inmensa M lumínica me ciega. McDonald’s me da la bienvenida: Willkommen in Deutschland 

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