Aprieta el culo y dale a los pedales

Aprieta el culo y dale a los pedales

— Tenemos que separarnos

Sobre la mesa, en blanco y negro cae mi nueva “condena de desempleo”. 

Again.

No me toma de sorpresa. La rueda de la bonanza del inmigrante no se mantiene mucho tiempo arriba. No porque trabaje para un tipo con mucho billete, las cosas se arreglaron. El de billete es él, no tú. Este tiempo es solo una pausa para coger aire hasta que algo se joda o el billetú cambie de opinión.

— Nadie otorga créditos a la industria turística. “Construir hoteles” es un riesgo que nadie quiere correr hoy día.

Esta vez fueron los bancos. Ya lo sabía. La voz se apaga en explicaciones. Pero hoteles es lo que he hecho toda mi puñetera vida. ¿Y ahora?

— Aprieta el culo y dale a los pedales —interrumpe la voz de mi madre.

Llevo veinte años pedaleando. Estoy cansado, tired, müde; que es lo mismo y es igual en el idioma que lo pongas. Pero con los años, la cuesta parece más empinada.

— ¿Tienes opción? —la vieja se encoge de hombros.

Salgo temprano y regreso cuando el sol se pone. Berlín me ve todo el santo día y el siguiente en bicicleta a lo largo de la cicatriz que partió la ciudad hace años.

— ¡Este es el muro de Berlín, no el de los lamentos! —me recuerda— ¿Te atreves a hacer un hospital?

— ¿Tengo opción?

— Empiezas en dos semanas. Ahora ya sabes: aprieta el culo y dale a los pedales.

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