Todo es relativo

Todo es relativo

32 grados centígrados. El calor y todo es relativo.

Hay que salir, irse a la playa, a los lagos. Hauptsache salir.

El problema es que tres millones y medio de berlineses han pensado lo mismo, el metro cuadrado de arena en una playa donde acomodar tu toalla está hoy carisimo. Se echan al sol, uno al lado de otros, como focas o leones marinos. Algunos huelen igual.

Tanto Homeoffice me ha dejado huellas. Soy un ermitaño (nunca había escrito esa palabra en mi vida. Creía que era con H. Y luego se quejan del corrector ortográfico). Sigo de largo sin rumbo fijo. Hauptsache, lejos de tanta gente. Tomo el camino del bosque, me gusta la soledad del bosque y el frescor bajo los árboles.

Ah! Media hora después paso cerca de la casa de Einstein y hago un alto.

Dejo la bicicleta fuera y compruebo por cada ventana de la casa que aún está ahí. Pero me han robado. No la bicicleta sino los cinco euros de entrada para ver una casa de madera, vacía, sin muebles, ni fotos, ni nada. ¡Vaya museo! Le han puesto muy poco amor a esto. Una mierda, pienso. Todo es relativo, diría Herr Einstein

Otra vez los lagos. Los lagos para mi son lugares perfectos para tomar cerveza mirándo desde la orilla su agua fría y nada transparente. No me convencen. En veinte años me he metido solo un par de veces cuando mis hijos eran pequeños. «-Papa bitte!» decían y no me quedaba más remedio.

A los treinta y tres grados centigrados y veinticinco kilómetros veo a Einstein en todos lados. Tomando una cerveza fría mirando los yates y los barcos de excursiones la relatividad es más llevadera. Einstein vivió en Caputh y ahora este pueblito vive de él. A cada paso un cartel anuncia aquí durmió, aquí paseaba, aquí nunca se baño porque nunca aprendió a nadar. Leo en la carta del restaurante: «Mi Daiquirí en el Floridita y mi mojito en La Bodeguita del Medio, acompañado de su Schnitzel y sus papas fritas».

¿Se han dado cuenta cuanta mierda se puede escribir esperando que baje esta cerveza? A los treinta y cuatro grados y veinte minutos lo que queda en la botella es una sopa. Voy a pedir que me le pongan unos fideos. Las porciones de cerveza de este país me quedan grande. Pero sigo tomándola para no botarla. «Piensa en los niños africanos que no tienen cerveza», me dice la conciencia.

Tras de mí unas muchachitas la están pasando de puta madre. Voy a pedir lo mismo que ellas. Café y limonada. La más vieja roza los setenta, la menor es solo media hora más joven. Han llegado en bicicleta. Lo instuyo porque van vestidas como para un Tour de Francia. Aquí la gente no envejece. Están jodiendo la pava hasta que un día les toca morirse. Aprovechan cada momento hasta que se baja el telón. Y todavía se quedan gritando «otra, otra, otra». La vieja mía nunca aprendió a montar bicicleta, ni hizo deportes, ni salía con otras «muchachitas» a tomar cafés. Mucho menos cerveza.

Las estadísticas de esperanza de vida son una paja mental. Si no haces na’ de na’, solo esperar la muerte, la vida no vale la pena. Lo siento por la vieja.

Hablando de cerveza, yo creo que estaba mala. No paro de escribir mierda.

— Kann ich bezahlen bitte?

Me han vuelto a robar. Cuatro euros y ochenta centavos por una cerveza es demasiado. Pero todo es relativo repite Einstein desde la foto que cuelga en la puerta. Y encima me saca la lengua.

Subo las fotos y pongo rumbo a Berlín. Veinticinco kilómetros y treinta y cinco grados hasta la casa. La gente se queja, pero yo estoy en mi salsa. O mi cerveza.

Da igual. Hauptsache, cuando muera la gente sabrá que aquí en este café escribí esta mierda y la subí a Facebook.

¿Saben se alguien que pida helado después de una cerveza?

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