Ya está el café

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Ya está el café

He atravesado diecisiete puentes por el camino, desde Spandau hasta el viejo Tegel, un pueblito que como Boyero o Barajas el único mérito que tiene es haber dado nombre a un aeropuerto en sus inmediaciones. Cerca de aquí descansa el aeropuerto de Berlín occidental recientemente cerrado.

Veinte minutos han tardado los pasajero del ferry Havel Queen propulsado por su vieja rueda en hacer el recorrido. Imagino que no es tan vieja, que cada una de esas paletas está controlada por el software que hace la vida de los marinos mas fácil y también mas aburrida. Poco importa eso a los niños que hacen la travesía fascinados con el plash plash de cada paleta en las tranquilas aguas del Havel. Mis negritos incluidos. Cuando eran pequeños, claro.

Por el camino me adelantaron decenas de abuelos y abuelas. La tercera edad ya no es lo que era, tampoco sus bicicletas, que ahora son eléctricas. Pasan por mi lado a toda velocidad y cuando tras hora y media al fin llego a este lado del lago ya ellos han engullido kilómetros de salchichas y hectolitros de cerveza. Y toman sol sentados en un Biergarten.

Conmigo ya no vienen mis negritos. Andan por ahí, con sus amigos, con sus móviles, iniciándose en el mundo de querer ser mayor antes de tiempo. Pero no estoy solo, vengo con un montón de danzones. Atraído por el olor del café recién molido pido un capuccino y mi tarta de manzana.

– Recuerdas este danzón le digo a mi viejo que se cuela en mi memoria. Claro, «Ya está el café» me dice y pide para él un espreso.

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