Se me olvidó morir

Se me olvidó morir

La noticia

Nunca había pensado seriamente en mi muerte. Al menos hasta que el doctor, después de revisar los resultados de los análisis, diagnosticó un estado terminal.

Mi primera reacción fue tirar a broma el dictamen repitiendo aquel mal chiste de “Doctor, ¿dijo Leo o Géminis?” Pero debí parecer estúpido a los ojos del galeno que, acomodándose las gafas por toda respuesta, dijo: “Vístete” y comenzó a golpear con ilegible letra unos papeles.

Me vestí con desgano, sin saber qué decir o hacer. No todos los días uno recibe la noticia de su proxima muerte. Me aproximé tembloroso a la vieja mesa de caoba donde redactaba mi sentencia médica, como cuando de pequeño mi madre me llevaba a ponerme una vacuna.

— ¿Qué puedo hacer doctor?
— Nada

Nada. Ni siquiera rezar a Dios mientras llega el final. Nunca pensé que me tocaría a mí. Me convencí que yo era de digestión pesada, que mis constantes malestares no eran más que un empacho del que no me acordaría a la mañana siguiente. Y así fue hasta hoy. Nadie en su sano juicio, con 29 años recién cumplidos, piensa que la muerte ronda cerca.

— ¡Tiene que haber una solución, para todo hay siempre una solución!
— Menos para la muerte — dijo mirando por encima de las gafas — Dos meses. Tres a lo sumo; la metástasis avanza rápidamente.

Estuve días encerrado en casa con las persianas entornadas, no contesté al teléfono y evité todo contacto con la luz. Apenas comí y sólo bebí alguna tisana que me preparé con apatía. “Ese doctor se equivoca»- me dije- ,»desde que me dio la noticia me he sentido mejor que nunca. ¡Yo no voy a morir! Quiero decir, al menos por ahora que no he tenido tiempo de pensar en la muerte.”  

Tres días después visité otra clínica de mayor prestigio y describí el mal que me aquejaba sin hacer referencia al diagnóstico poco probable del matasanos que ya había visitado. Me sometí a todo tipo de pruebas y aparatos modernos. Al final un médico, esta vez más joven y educado, se sentó ante mí a descifrar los resultados: Cáncer

Todos los días muere gente y nadie se entera. Hoy, para no ir muy lejos, mientras estaba en la clínica vi entrar un hombre destrozado en un accidente de motocicletas. Era mucho más joven que yo y ni siquiera recuerdo su cara. Pero eso no cambia las cosas, la muerte propia tiene nombre y no se toma a la ligera aun cuando no sea tan espectacular. Posiblemente jamás acepte el hecho de que un día me llegue el turno un día lejano.

De niño pensé que moriría con ochenta y siete años. Mis dos abuelos habían muerto a esa edad; habían ido a la cama después de un día con su nieto y no habían despertado jamás. Por eso asumí como cosa normal y tenía previsto morir apaciblemente en mi cama, en mi ochenta y siete aniversario. Me separaba pues de mi proyectada muerte más de medio siglo, pero ambos galenos habían dictaminado un avance rápido de la enfermedad y me habían pronosticado una existencia de hasta un trimestre; días más, días menos. Solo me quedaba llenar mis últimos meses con las experiencias y vivencias, amores y desamores, alegrías y desengaños de medio siglo, sin derecho a reclamaciones.

El nuevo escenario era como sigue: Hasta el momento nunca gasté más de lo estrictamente necesario, mis vicios fueron siempre tan económicos que para este entonces cuento con ahorros distribuidos en tres cuentas bancarias y tarjetas de crédito de las que puedo tirar sin que el banco ponga el grito en el cielo. En la nueva situación merezco las vacaciones que nunca disfruté: Escogí un buen Hotel en Ibiza, destino habitual de chicas macizas y hippies con ganas de marcha llegados de todas los rincones del planeta. Allí esperaría mi muerte tomando lo máximo de la vida: bailando, bebiendo hasta desfallecer, puesto de marihuana hasta el culo,

Le hice saber de mis planes a mi único amigo sin darle muchos detalles; pero él, que me conocía desde la niño, supo enseguida que algo no andaba bien y prometió visitarme al siguiente día para poner luz en sus entendederas. Esa fue mi salvación porque, cuando el reloj dio las siete de la mañana, un dolor intenso se me clavó en el vientre y me hizo caer de la cama. Apenas tuve fuerzas para arrastrarme fuera de las sábanas dejando un rastro rojo oscuro tras de mi. Luego el mundo comenzó a alejarse, mi cuerpo repetía «morir , vivir, morir , vivir «.

La muerte

Mi universo se redujo a los límites de la ciudad. Mi destino me obliga a conformarme con el bar de los bajos. Pero en la barra nadie se sienta a mi lado y solo hablo un par de frases con el pianista que toca cada día la misma melodía triste a la que nadie presta atención. Estoy demasiado sensible para dejarme rodear sólo por sus notas. Apuro la cerveza y me aventuro más allá, calle abajo. Me detengo ante un grupo de negros que hacen maravillas con sus voces. Acabada la melodía, les dejo unas monedas y sigo.

Saint Pauli. No he estado aquí antes, nunca he entrado en sus burdeles. Ante cada puticlub de la Reeperbahn, los proxenetas van directo al grano. «He venido a mirar, sólo a mirar», les repito. Siempre los evité por miedo a morir a causa de una enfermedad de transmisión sexual. Pero ahora no tiene sentido, pienso. Entro a un Table Dance y pido una cerveza. Frente a mi una chica se enrolla en la barra y también alrededor de mi cuello susurrando palabras incendiarias.

La noche siguiente regresé seducido por la imagen de esa mujer y a la tercera. Hasta que la realidad me hace ver que no tengo tiempo para tonterías. La invito a una copa y suelto sin pensarlo: «¡Te compro tus próximos 90 días! A partir de este momento seremos uno, jugaremos a ser la pareja más enamorada de la ciudad. Compartiremos cada sueño, visitaremos las tiendas y haremos compras para nuestra casa. Dormiremos abrazados, haremos ejercicios, llegaremos a enamorarnos. Todo menos hacer planes para el futuro.»

Acepta. Una semana después cenamos a la luz de las velas. Sus palabras logran el milagro de opacar mi desgracia y logran convencerme que la muerte no es tan mala si tu existencia transcurre en el lado menos afortunado de la vida.

— ¡No te vayas más, por favor!

Viene cada día y se queda hasta que me rinde el cansancio. Pone extremo cuidado en peinarme y en ocultar los cabellos que quedan enredados en sus dedos, pero yo se lo que está aconteciendo. A pesar de ello, lo agradezco. Retiró los espejos, cuando grité asustado por mi imagen. En su lugar queda ahora un irreconocible espacio en blanco.

Hoy tengo menos fuerzas para moverme y al mismo tiempo más ganas de amarla. A veces todo se me hace borroso, pestañeo para apartar el velo húmedo que cubre mis ojos con tal de verla. Y ella con manos de seda, da caza a las lágrimas que me corren mejilla abajo. Amo amarle.

Aquí llega otra crisis. Se han ido aproximando y ya casi se tocan en las puntas. El dolor ha pasado a ser cosa del pasado. Ahora todo se resume a un juego diabólico. A evitar el golpe, el último. Las olas in crescendo al retirarse se llevan cada una sólo una parte de mi vida. Hasta que comienza otro ciclo.

Alguien pone a punto un aparato que llena la habitación con un rítmico bip-bip.

No tengo experiencia previa en temas de la muerte. Nunca morí antes. Próximo ya el gran momento trato de ensayar una muerte digna. No quiero mostrar miedo a morir. Sospecho que sea apropiado rezar a Dios y dedicarle mi aliento final. ¿Debo hacer ya la retrospectiva, recordar los buenos y los malos momentos, encontrar en mi memoria a los antiguos amigos? Mi vista recorre la habitación buscando el monstruo alado que ha de venir a recoger mi alma, pero no llega nadie. No veo luces ni sombras, ni trompetas, ni percepciones, ni voces lejanas que indiquen que me estoy muriendo. No pasa nada. Morir es aburrido. Tengo deseos de dormir. Me tomo las cosas con calma. No hay recuerdos.

Despierto. Ella me acompaña. Si está aquí ún vivo, pienso. Su sonrisa lo cura todo. Casi no le oigo. Lo peor de mi nueva condición es saber que el fin de nuestra relación está cerca, que la voy perdiendo poco a poco mientras mis manos resbalan sobre la cuerda de la que cuelgo mi vida. Me gustaría sobrevivir a esta enfermedad. No por mí, sino por… ¿por qué no te conocí antes?

— ¿Por qué susurras? Habla más alto por favor…

Mi futura viuda guarda silencio. ¿Me habrá oído? – De sus ojos escapan algunas lágrimas no previstas en nuestro pacto – ¿Estás triste? ¿Me amas?

No responde. Se levanta. Sale de prisa. Entra al momento acompañada. Trastean el aparato. No puedo ver sus caras. Ella se cubre la cara. Un «bip» intenso, infinito, insoportable, me rompe la sien… ¿Puede alguien apagar ese dichoso aparato, por favor? ¡Ah! Ya lo apagan. Gracias.

¿Qué pasa? ¿Lloras? ¿Por qué lloras? Empieza a oscurecer. La miro en la penunmbra. Procuro que su imagen no se apague. Y tanto me consagro a la mujer que amo, que sin saberlo olvidé asistir al momento de mi muerte.

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