Apertura económica en Cuba
Se habla estos días de una apertura económica en Cuba de una magnitud inédita. El estado la anuncia como el comienzo de una nueva etapa. Sin embargo, anunciar cambios y poder implementarlos son dos cosas completamente distintas.
Cuba ha vivido durante más de sesenta años dentro de una burbuja política, económica y social construida sobre el monopolio absoluto del Estado y del Partido Comunista. Durante ese tiempo no solo se desmontó el orden constitucional republicano, sino que se alteraron las propias dinámicas naturales de la vida económica y social. Mientras tanto, el mundo cambió. Surgieron nuevos modelos de producción, nuevas relaciones laborales, nuevas formas de propiedad y nuevos mecanismos de regulación que hoy son habituales en Europa, América y Asia y desconocidas para el cubano de a pie.
Pretender abrir de golpe la economía cubana sin antes reconstruir un marco legal e institucional sólido significa someter a un país exhausto a un estrés para el que no está preparado y que puede terminar en estallido social porque las preguntas fundamentales siguen sin respuesta.
¿Qué significa realmente comprar acciones de una empresa estatal? ¿Quién determina el valor de esas empresas? Si un ciudadano o un grupo privado adquiere la mayoría de las acciones, ¿sigue siendo estatal? ¿Qué derechos tiene el inversor? ¿Quién protege su inversión en un sistema donde no existe una verdadera separación de poderes?
Por otro lado, ¿qué protección tendrá el trabajador? ¿Existirá libertad sindical o continuará el monopolio de la CTC? ¿Habrá derecho a huelga? ¿Cuál será el salario mínimo? ¿Qué ocurrirá con las vacaciones, las licencias de maternidad, las indemnizaciones por despido, las pensiones o el sistema de seguridad social? Sin definir eso, el país opera bajo la ley de la selva.
Tampoco está claro cómo funcionaría el mercado real. Si mañana una empresa decide abrir una cadena de restaurantes, ¿de dónde obtendrá sus suministros en un país que apenas produce alimentos y depende completamente de las importaciones? Si tiene que importar la hamburguesa, el catsup y hasta el absorbente de la Coca Cola ¿Quién será el consumidor capaz de sostener esos negocios en una economía con salarios extremadamente bajos?
Y aún más importante: ¿puede existir competencia verdadera en sectores estratégicos? Si un empresario invierte capital propio, importa tecnología y construye una empresa de telecomunicaciones, ¿podrá competir libremente con ETECSA? ¿O seguirá existiendo un monopolio protegido por razones políticas?
Pero aquí viene la pregunta del millón: ¿cómo se financiará la gigantesca estructura política creada durante décadas por el partido comunista? ¿Seguirá financiándose mediante asignaciones del presupuesto estatal? ¿Continuarán sosteniéndose con los impuestos generados por el sector privado las estructuras partidistas, sus organizaciones, sus aparatos burocráticos, sus medios de propaganda y toda la red administrativa y política que ha vivido históricamente de los recursos del Estado? En otras palabras, ¿pretenden que una nueva clase empresarial financie su aparato político sin ser sometido al control democrático de la ciudadanía? Sus viajes, sus sedes del partido con sus gordos y carros con gasolina asignada para visitar a las queridas.
La experiencia de China y Vietnam suele citarse como ejemplo. Pero existe una diferencia esencial: las reformas en esos países fueron el resultado de una estrategia orgánica concebida desde el propio aparato del Partido, acompañada de profundas transformaciones institucionales y reglas relativamente claras para el capital y el mercado, hechas durante decenios. En Cuba, por el contrario, estas medidas parecen responder más a una necesidad urgente de supervivencia política del estado que a un proyecto coherente de desarrollo nacional. Son, en gran medida, un mal necesario para mantenerse en el poder, aliviar presiones externas y ganar tiempo, más que la expresión de una visión sostenible de país.
El problema no es abrir la economía. El problema es intentar hacerlo en un país sin seguridad jurídica, sin instituciones independientes, sin un sistema energético estable, con una infraestructura colapsada, sin liquidez financiera y con una economía paralizada por la falta de combustible y la caída sostenida de la producción.
Sin un ordenamiento político y legal previo, estas propuestas son una simple lista de deseos. Y los deseos, por sí solos, no construyen economías ni sacan adelante a las naciones. ¿Qué inversionista, en su sano juicio, asumiría semejante riesgo en un país económicamente colapsado, socialmente inestable y donde la posibilidad de un estallido social es cada vez más real con un Estado que ha definido históricamente al capital como su enemigo ideológico? No existe una razón evidente para que ese capital acuda ahora a rescatar un sistema que durante décadas lo combatió, especialmente cuando es más prudente esperar o rematar a su enemigo histórico. Para el partido comunista es «Game Over».
Cuba necesita cambios radicales que comienzan por alejar a los responsables de haber llegado a esta situacion de la dirección del país (y eventualmente enfrentar cargos legales) y crear un nuevo Estado cubano dispuesto a crear las condiciones institucionales indispensables para que esos cambios sean posibles y beneficien realmente a toda la sociedad.
P.D.: acabo de leer que el departamento de estado ha calificado las medidas como una cortina de humo. Y con eso, hasta ahí llegaeon las medidas.


