Sécate esas lágrimas, ¡cojone!

Sécate esas lágrimas, ¡cojone!

Ocurrió hace ya tres años, un día al final de septiembre o principios de octubre. No recuerdo. Viajé a La Habana tan rápido como pude. Aterricé apenas 48 horas después de recibir el mensaje: Mamá ha muerto.

Crecí en una Cuba que no iba a la deriva en un mar de Reggaeton y las madres – la mía sobre todo-, no tenían problemas en darte un bofetón o los que hicieran falta para enderezar tu ortografía. La letra con sangre entra, aprieta el culo y dale a los pedales, déjate de mariconerías, ¡Sécate esas lágrimas! y así. La vieja no dejaba pasar un dia sin corregir la línea, sin exigir disciplina.

La última vez que la vi con vida me explicó que no tenía opción. Si me hubiese dejado hacer a mi antojo, irme a los carnavales a tirar bengalas o participar en grupos seudo abacuás mi historia habría sido otra. Habrías terminado preso como «El Titi», apuñalado como Frank o jugando dominó todo el día alcoholizado a la manera de «tos ellos. Este barrio no ha dado na’ que sirva.

Fue con ella con quien aprendí a tomar distancia de los grupos, las ideologías, las razas y los héroes. “Tú anda solo” – me decía. La frase “algún día entenderás y agradecerás» terminaba cada uno de sus arengas.

Éramos o muy pobres o habían demasiadas bocas en aquella casa. Cinco pesos para la semana era todo lo que podían darme cuando me mandaron a la Universidad. Por eso, cuando un día solté aquello de que estudiaba «gracias a La revolución», a mi madre no le tembló la mano para cerrar el grifo de mis finanzas. ¡Ahora dile a Fidel que te mantenga, cabrón! Fueron dos meses de hambre continua y todavía debo como seis pesos a mis colegas de aula.

Fue hace tres años que terminó una agonía que duró once años. Dicen mis familiares en Cuba que aquella mujer fuerte, capaz de poner la vida patas arriba con una chancleta murió por problemas de salud. Pero ella en Berlín me dijo entre sollozos cuanto extrañaba al viejo: Yo le peleaba mucho. Pero hoy lo extraño.

Por eso no recuerdo el día exacto aunque se fue hace solo tres años. Ella había comenzado a morir el día que mi papá, su compañero por 42 años, se apagó.

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