De la comida medieval a las cruzadas.

De la comida medieval a las cruzadas.

Desde niño me ha entusiasmado la historia. De mayor he aprovechado toda oportunidad y he visitado cuanto castillos, palacio, iglesia, capilla, catedral, catacumba, festival y mercado medieval que he podido.

Siempre desde las gradas eso sí, detrás del cristal. Ellos allá y yo aquí con mi modernidad. Pero hoy me aventuré a empujar la puerta de una taberna medieval. O para decirlo con propiedad, una escenificación bastante fidedigna que incluye platos y bebidas de la época.

Fue la de hoy una experiencia interesante, una montaña rusa de sensaciones que me llevó a lo alto, a probar las dos mejores cervezas que haya tomado en mi vida. Artesanas por supuesto. Primero una cerveza negra muy cercana a la malta. Tan densa que podría pasar por un entrante. La segunda una «cerveza de miel» (si es que así se traduce Honigbier) que es lo mejor que he conocido en cerveza en mi vida. Y he probado unas cuantas.

Interesante, ni muy muy, ni tan tan es usar vajilla de cerámica cruda y tomar en vasos metálicos tallados. Interesante para quien lleve esta afición a extremos y pague medio salario poder llevarse a casa una jarra original alemana «made in Spain».

En el extremo más bajo de la escala, la vida a oscuras bajo las débiles lámparas de la época debió ser desesperante.

Ya por debajo de niveles admisibles está la comida. Baste decir que he entendido de golpe que cualquiera que lleve años tragando esa cosa sin condimentos un día se harte, tire el plato contra la pared, tome la espada y la lanza, se invente una cruzada y salga en dirección al medio Oriente a conseguir algún que otro condimento que traer a casa para darle sabor a su vida, o al menos un poquito de sal.

En mi caso no tuve que desenfundar la espada ni ensillar rumbo a Constantinopla pues de gente de aquellas tierras está lleno esto aquí. Bastó pedir un Kebab en la tienda de Ahmed al otro lado de la calle.

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