Rehenes

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He encontrado por casualidad, yendo en busca de unas imágenes para algo que estoy escribiendo, una foto de mi pasaporte cubano que, habiendo sido hecho en 2014, vence justo en una semana.

Desde la fecha de su creación al día de hoy, lo he usado solo dos veces, ambas relacionadas con la muerte de mi madre, pues es condición obligatoria para entrar a Cuba. Trescientos noventa euros he accedido a pagar para poder ver a mi vieja por última vez y luego darle sepultura.

«Si tiene problemas en cualquier país, no dude usted en acercarse a nuestro consulado y haremos todo lo posible para protegerle y traerle de vuelta a casa». No, no fue el consulado de Cuba, eso me han dicho aquí los alemanes del otro lado del mundo, el día que me dieron mi pasaporte (55 euros = 10 años). Y agregaron: «aber nach Kuba reisen Sie auf eigenes Risiko»; que en español significa que pisas la isla como quien entra en un campo minado, bajo riesgo propio. ¡Qué Dios le proteja! – agregaron.

O dicho en cubano: si allí tienes problemas, te cagaste en tu madre.

He viajado bastante desde entonces. Así y todo, no puedo ahora mismo imaginar una sensación más desagradable que viajar con “el pasaporte azul“ a Cuba. Ni siquiera aquella vez camino a la ciudad de Tirana desde el aeropuerto internacional de Albania en que los reflectores de las fuerzas de paz de la ONU convirtieron la noche en día y el taxista cegado pasó lentamente a escasos treinta metros de una fila de cañones dispuestos a hacernos puré si encendíamos siquiera un cigarrillo. Ni cuando en Singapur en 2002, en medio de la pandemia SaRS, el cónsul en Malasia me dijo que yo no era «problema de Cuba» y salí de allí precisamente en un avión alemán rumbo a Europa. Tampoco cuando ya en Berlín recibí la llamada desde la embajada cubana confirmando su negativa a dar información que me ayudaría a ser reconocido arquitecto en la cámara de arquitectos de esta ciudad. Esa vez fueron los españoles los que me respaldaron.

Ninguna de esas experiencias es comparable a llegar a un aeropuerto en penumbras, cayéndose a pedazos y pasar sus controles con un pasaporte más inseguro que una bomba, bajando la cabeza ante guardias que te tratan sin reparos ni respetos. Es la vuelta a la odiosa sensación de «no persona», que los cubanos en el extranjero conocemos.

Para ser sincero, desde que la vieja no está, he evitado viajar a la isla. Primero con la excusa del desempleo, luego mis estudios y cuando ya no tuve más salida lancé la idea de que viniesen a visitarme a Alemania. “Así cogen un break de aquella mierda”, les he dicho. Una idea que funciona siempre con los cubanos de intramuros. O al menos funcionó hasta que nació mi primer nieto y luego el segundo y la prohibición de salir más allá del malecón que pesa sobre esos pequeños, los nuevos rehenes, se ha convertido ahora en la nueva fuerza mayor que me hala hacia la isla.

“Tú nieta tiene ya un año. El sábado celebramos su segundo cumpleañitos. ¿Vienes para el tercero?”

Hace trece años, una noche de 2007, para ser preciso, soñé que había quedado atrapado en la isla y desperté sobresaltado. Con el tiempo esa imagen de guardias riendo mientras yo intentaba buscar la salida en un aeropuerto-laberinto se hizo un sueño recurrente. Un trauma personal, del que nunca hablé por vergüenza hasta que hace poco un cubano me confesó tener el mismo problema y luego otro y otro. Y resulta que este, llamémosle “síndrome cubano”, es un mal que afecta a muchos de los que han abandonado la isla.

Hoy que el agua llega al cuello, el gobierno cubano arrecia en su campaña de recolectar dólares a cualquier costo y ha echado mano de los cubanos residentes en la isla varados en otros países por causa de la pandemia. Cualquiera sirve si se le puede sacar dólares. Gente que no ha podido viajar por causas humanitarias, tienen que pagar mensualmente una barbaridad de dólares si quieren regresar a la isla. En otras palabras, regresar a su casa.

El gobierno cubano ha hablado alto y claro: “Tenemos tu familia. O pagas o no los vuelves a ver».

Como una película de mafiosos, pero más bestias.

Quiero dejar claro que el asunto me irrita. Nadie debe ser privado de ver a su familia previo pago. Pero no tanto como que quienes hoy se llevan las manos a la cabeza, no sepan o pretendan no saber que tal disparate viene afectando a todos sus compatriotas en otras tierras desde hace ya demasiados años. Han sido miles los que murieron sin volver a ver aquella tierra o sus familiares, son miles los que enfrentando peligros inimaginables atravesaron un país tras otro en Centroamérica y hoy esperan solidaridad de alguien o de Dios en la frontera de Estados Unidos; somos dos millones los que tenemos familiares rehenes en la isla. Que yo tengo tanta necesidad de conocer a mis nietos como ustedes de regresar a los suyos.

Probablemente estampe mi firma en otra petición que como siempre será ignorada allá en La Habana. Si hace dos años el presidente le mintió en la cara a ingenuos cubanos esperanzados que directamente le rogaron bajar los precios del pasaporte. Lo pensaremos, les dijo cara a cara. Y sigue pensando. Quien crea que una petición online va a hacer cambiar la posición del gobierno cubano se ha perdido los últimos 61 capítulos de esta historia.

Solo espero, ahora que cada vez hay más gente que nos lee allá en la isla, quede claro quién es el enemigo; quien extorsiona y quienes soportan los chantajes, quienes son las víctimas de las presiones y quienes los rehenes.

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