Hace muchos, muchísimos años, leí un cuento de Héctor Zumbado en el que a un hombre se le ocurre enlatar el sol. No recuerdo ya todos los detalles, pero sí la idea, y eso quizá sea lo mejor que puede pasarle a una historia: que después de décadas uno no conserve la trama completa y, sin embargo, siga cargando con una imagen.
Muchos años después, en medio de un encabronamiento, pensé que en nuestro país, hundido en una crisis que no termina y donde se ha vendido todo lo vendible, llegaría el día en que hicieran negocio con una mercancía enorme sobre la cabeza de todos: el sol.
De ahí salió una parte de Sol Violeta.
Antes de escribir la historia, necesitaba ver lo que significa vivir en un lugar donde la luz natural ha dejado de comportarse de una forma conocida. No me bastaba con escribir “el cielo se puso violeta” y seguir adelante, porque una alteración así termina entrando no solo en las cosas sino en la cabeza de quien descubre que el cielo que conoció toda su vida ya no está. Por eso, antes de tener escritas algunas escenas, yo ya las estaba viendo: dónde estaban mis personajes, qué veían cuando salían a la calle y qué clase de ciudad quedaba debajo de aquel sol.
La Habana tenía que seguir siendo la misma, nada de carros que levitan, ni pantallas gigantes. En Sol Violeta el día ya no alumbra como antes y la gente tiene que mantener las luces encendidas a todas horas, en un país donde encender una ya es un problema. Luego apareció el barco ruso en la bahía, con sus antenas, sus esferas y una presencia demasiado grande para pasar inadvertida, aunque todos intenten acostumbrarse a verla. Y finalmente llegaron el asilo de Casablanca, las calles, los interiores, la gente mirando hacia arriba y esa mezcla de luz violeta con bombillos amarillos que terminó convirtiéndose en una de las imágenes que más identifico con la historia.
Las imágenes que acompañan este post salen de ahí, de lo que llevaba un año viendo en la cabeza. Las hice con inteligencia artificial. Algunas ya se parecen bastante a lo que imaginaba y otras me sirvieron para descubrir cosas que no había pensado todavía. Eso es lo que más me interesa de trabajar así: no usar una imagen para decorar una historia terminada, sino ponerla a trabajar mientras la historia todavía está tomando forma. Es, en el fondo, el mismo proceso que usé hace cuarenta años cuando incorporé el CAD a mi manera de proyectar arquitectura.
Por eso digo que escribo historias, no libros. En 2026, el libro es una de las formas que puede tomar una historia, pero antes de llegar al papel yo necesito caminar por ella, mirar sus edificios, reconocer a sus personajes desde lejos y saber qué color tiene el cielo sobre sus cabezas.
En los próximos posts iré enseñando ese mundo por partes: ahora la ciudad, después algunos de los lugares donde ocurre la historia y más adelante los personajes que tienen que vivir dentro de ella.
Si todo va bien con Amazon y la impresión esta vez no decide sabotearme, Sol Violeta sale este mes en Kindle y papel.
En cuanto tenga el enlace definitivo, lo pongo aquí.

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