Héroes de mi infancia

Héroes de mi infancia

Hoy que Marianao es noticia, me viene a la mente uno de los héroes de mi infancia. Nací y me crié en aquella zona, cerca del barrio de «Palo cagao», nombre este insuficiente para describir el colorido de aquella “Villa pobreza”, pero que da la idea de por dónde van los tiros. Aquello parte el alma. Bien podría ser el decorado de una película de Sandokan, si cambiamos los tigres por perros famélicos y gallinas harapientas por faisanes de la India. 

Las vacaciones en aquel lugar transcurrían entre la pesca de guajacones en la fosa rota que discurre por delante de la puerta de las casas, jugar a las bolas u organizar un “cuatro esquinas”. No había mucho más y solo interrumpimos la monotonía un día de viaje a “La Habana” o a Coppelia. 

Hay en esa parte de la ciudad un edificio en 100 y 51 que albergaba una biblioteca. Fue el  primero que miré en sí, atraído por sus formas y un día cansado de no hacer nada, entré por curiosidad. En la imaginación de un niño de 10 años los pasos sonaban como dentro de una cáscara vacía y olvidando donde estaba me puse a jugar con el eco. Hasta que un bibliotecario enorme interrumpió la fiesta. No me regañó, por el contrario, cuando traté de escapar me invitó a escuchar un libro. Si, los libros hablan —me dijo— ese era el eco que escuchabas. Escoge uno cualquiera y verás. 

Desconfiado, halé el libro más cercano con la punta de los dedos, como quien saca una rana con asco del cuarto; mirando de reojo a aquel personaje, exageradamente amanerado. Ante mí se abrieron láminas maravillosas, tan coloridas y reales que puedo jurar haber oído moverse a los animales entre la maleza prehistórica.

Dos horas después iba camino a casa, con un carné de la biblioteca en el bolsillo, el libro «Cinco semanas en globo» en la mano y una semana para devolverlo.

Lo mejor fue al otro día cuando entré corriendo con él en la mano. Tras comprobar que lo había leído el bibliotecario, más amanerado aún que el día anterior, bailó dando saltitos de alegría en derredor mío. Y yo con él, mientras terminaba de contarle cómo aquellos expedicionarios escaparon de milagro de los caníbales. Mi interlocutor, maravillado de encontrar al menos un niño que se interesara por la lectura oyó mi relato como si el libro fuera algo nuevo para él.

Treinta y tres libros de Julio Verne leí en esas vacaciones. Viajé al centro de la tierra, a la luna, recorrí el mundo por encima y por debajo del mar, conocí la Siberia, las islas Reunión, visité Casas del té en Shangai, Castillos en los Cárpatos y oí por primera vez acerca de los Amish, Nemo, Miguel Strogoff, Phileas Fogg, el capitán grant (o sus hijos), Viernes, Passepartout y un montón de gente apasionante que se convirtieron en héroes de mi infancia. Adicioné los viajes de los grandes navegantes del siglo XVI, Corsarios, Piratas y terminé con aquel libro mítico «La nebulosa de Andrómeda» escrito por un bolo de cuyo nombre nunca puedo acordarme y que puso broche de oro a unas vacaciones llenas de emociones, sin dudas las mejores vacaciones de mi vida.

Hace dos años, justo antes del inicio de la pandemia, mientras recorría el interior de una catedral, esta vez una de verdad, encontré la tumba de Vasco de Gama que junto a Colón, Magallanes y Cook me llevaron en su barco en las más increíbles vacaciones. Recordé las historias leídas y di gracias en silencio a aquel otro héroe de mi infancia que me abrió los ojos al mundo más ancho.

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