Köpenick

Köpenick

Vengo de Berlín oriental. Aunque el muro hace más de 30 años no existe, el hecho de que ambas partes se desarrollasen como ciudades completas hace que aún hoy sus vecinos crucen rara vez la raya pintada en el piso, que aún las separa.

Yo mismo no lo hago con frecuencia. LLego quizás solo hasta el Alexanderplatz o el Nikolaiviertel. No me aventuro más allá. Pero hoy seguí tierra adentro hasta el Este profundo, casi en el borde de Brandenburgo, hasta el barrio de Köpenick.

Como arquitecto siempre voy a la caza de joyas construidas que se cobran en este sitio. Pero de la ciudad vieja de Köpenick quedan solo un par de calles y tres o cuatro edificios notorios que se salvaron milagrosamente de los bombardeos de la guerra. Otra cosa es la naturaleza, sus lagos y los nuevos barrios que van surgiendo en sus márgenes. Tendré que ir más a menudo, cuando las temperaturas permitan pasearse con calma por sus vericuetos.

De las mil razones para visitarla voy a mencionar solo dos y dejaré que las imágenes se ocupen del resto.

La primera, es la increíble historia de Wilhem Voigt. Era él un modesto zapatero, un hombre común y corriente al que la vida no le había sonreído nunca. Alguien que había servido nada menos que 25 años en total en diferentes condenas por delitos menores. Finalmente abrumado por la vida de miseria que llevaba se le ocurrió el plan maestro para cambiar su vida:

El día 16 de Octubre de 1906, el Señor Voigt se fue a una tienda de ropa de uso y se hizo de un uniforme militar completo, con grados de capitán y todo. Vestido así, salió para probar suerte y tropezó en la calle con un grupo de soldados de regreso a su cuartel y les “ordenó” ponerse bajo su mando para una misión especial. Impresionados por su porte marcial y el bigotón se pusieron firmes y le siguieron en metro hasta Köpenick que en aquella época era un pueblito a la entrada de Berlín.

Nadie le preguntó ni pidió que se identificara. Hoy los Alemanes se emborrachan y se van a Mallorca. Pero en aquella época les bastaba pavoneándose delante de las Frauleins en uniforme militar y bigote engominado.

Visto que su plan funcionaba, se dirigió al Ayuntamiento, puso un soldado en cada puerta con la orden de no dejar entrar o salir a nadie del edificio. Prohibió también todas las llamadas telefónicas con Berlín. Luego entró al edificio, fue a la caja y ordenó que le dieran todo el dinero (cerca de 4000 marcos equivalentes a 20 mil euros de hoy). Para ello dejó un comprobante firmado por el director de la prisión de donde había salido un par de días antes. Luego «tomó preso» del alcalde bajo acusación de irregularidades con el presupuesto público. Lo mandó bajo juramento de palabra, junto con su mujer que se prestó a acompañarlo a presentarse en Berlín a las autoridades.

Terminada la operación, le dió un poco de dinero a los soldados para que se fuesen a celebrar y desapareció con el botín.

Fue arrestado por la delación de un ex compañero de prisión y condenado a cuatro años bajo los cargos de impostor y falso arresto. Pero para ese entonces ya Voigt era un “héroe popular”. La gente exigía su liberación. Finalmente tras 22 meses el Kaiser le dió el indulto y se dice bajo “un ataque de risa”.

Murió pobre en Luxemburgo y en su tumba lleva la inscripción “Hauptmann von Köpenick” (El Capitán de Köpenick). 

Voigt quería cambiar su vida y no creo que lo haya hecho pero tras su muerte ha sido otra cosa. En 1996 se erigió una figura fundida en bronce y una placa conmemorativa en la puerta del ayuntamiento de Köpenick. En el interior del edificio, en una exposición permanente del Museo de Historia Local de Köpenick, con numerosas piezas ilustrativas, se habla del «Capitán de Köpenick». En el archivo cinematográfico de Berlín existe un documento cinematográfico original en el que aparece Wilhelm Voigt. Varias películas se han firmado contando la historia.

Galería Köpenick

La otra razón para visitar Köpenick es que tienen la única heladería que vende helado de guayaba que yo conozca en Berlín.

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