Las cosas que son feas

Las cosas que son feas

A las cosas que son feas ponles un poquito de amor

«La tecla de bloquear existe, por si no lo sabías. ¿Has visto las cosas que te dicen en los comentarios?» – me alerta un amigo en un mensaje privado.

He tratado de leer tantos comentarios como puedo, pero son tantos y cada vez son más, que esa tarea se me hace cada más difícil. Aún así, llevo más o menos una idea bastante clara de por dónde van los tiros. Lo mismo que en arquitectura nadie puede decir esto es feo o bello, nadie tiene la razón y todos tienen derecho a una opinión; para mí lo importante no es lo que dicen sino cuanta gente lo dice y en segunda instancia, cómo lo dicen.

Cuando veo 60 comentarios abiertamente contrarios a lo que dije – de ellos 30 ofensivos- en una de mis publicaciones que tiene 1200 comentarios no veo razón para preocuparme. Si fuese al revés tampoco los borraría, pero re evaluaría mis conceptos.

Sé que hay comentarios iracundos, sé que hay comentarios obscenos pero no los borro-eso es tarea de Facebook si así lo decide- y bloqueo bastante poco. Por el contrario, mi siguiente publicación será aún más pulida, más elegante si se quiere. Porque es mi opinión y es la que hará más evidente la diferencia. La distancia vendrá sola.

Hace días un cubano, babalawo por más señas; me recriminaba con gruesas palabras a mí y a mi señora madre, el hablar mal de los cubanos, de la tierra, de la raza mientras en su muro se llama a ser el elegido para salvar al mundo con la ayuda de Ifá. Cada cual conoce sus curvas.

No soy nuevo en Internet, mi primer blog lo inicié en 2005. Luego vino mi primer trabajo serio en Alemania; en eBay. Allí llegué a ser el moderador del foro de eBay España, que, en aquel momento, cuando Facebook acababa de empezar y MySpace no era gran cosa en nuestra lengua; era el foro más grande del mundo en idioma español. Créanme que las discusiones en ese foro no eran filosóficas. Allí se trataba de dinero contante y sonante, el éxito o la ruina de una empresa y sus empleados. Con decenas de miles de comentarios diarios llegando de toda Latinoamérica y España discutiendo por dinero, la cosa llega a niveles mucho más altos que una discusión personal de izquierda o de derecha. porque eso es Facebook; un debate de ideas personales. Aquí no se arregla el mundo. Al menos yo no me lo he propuesto.

Esa experiencia en eBay me hizo desarrollar una piel bastante gruesa. Pero sobre todo entendí que, a no ser que un comentario sea abiertamente ilegal, no debe borrarse jamás.

No hay que tener miedo de las opiniones encontradas. Algo que no quieren aceptar en Cubadebate, Granma, «La pupila insomne» y otras por el estilo, es que cualquier tema sobre Cuba es incendiario. Mantener un sitio que sólo tiene alabanzas con el gobierno o «lo cubano» lo convierte a los ojos de la gente en poco creíble; blanco fácil de burlas y memes.

A título personal, una vez que has dejado un comentario, un video o hasta un «me gusta» en Internet no lo controlas y puede tener las reacciones más inesperadas. Yo mismo publiqué cosas en mis inicios -y a veces aún se me va una pifia- de las que luego me arrepentí y obraron en mi contra. En Internet un seudónimo no basta para ocultar la identidad. Vamos siempre, sin querer, dejando huellas digitales fáciles de seguir.

Lo que digas en Internet, queda en Internet; pero pertenece a internet no a ti.

Hace un tiempo yo quería comentar algo acerca del presidente de la asamblea nacional de Cuba en ese momento. Pero por más que me esforzaba, después de años fuera de Cuba, no recordaba su nombre. Fue así que me bastó googlear la frase «trabazón de aviones» para saber que era Ricardo Alarcón. Triste para él que todos sus años de servicio sean eclipsados por una frase.

Y eso obra para todos, Internet no reconoce cargo ni historiales. Lo mismo el ministro o el ciudadano simple asumirá la autoría de lo que diga. Sea un poema o una mala palabra.

Volviendo a las ofensas, también en eBay aprendí una frase que se ha convertido en mi modo de vida en Internet : Don’t feed the troll».

También he leído otro tipo de comentarios, y no pocos debo reconocer, provenientes de cubanos de la isla que expresan con respeto su descontento por mis palabras, se sienten agredidos, traicionados, decepcionados. Por ejemplo cito este al azar:

«…este es el segundo en el que, sin dejar de tener alguna razón, arremetes contra los cubanos que estamos dentro, que no paramos de esforzarnos, no por nuestra casa, que ya en la Cuba actual es bastante, sino también por nuestro barrio, por nuestra Habana (los que somos de aquí), y uno se revienta para sembrar un árbol o impedir que destruyan una acera, precisamente porque la amamos y mucho. «

Contestaré con un par de anécdotas:

Primera:
Terminado el décimo grado, hace ya muchos años, llegué a mi casa con la boleta de notas y se la enseñé a mi madre. Cien puntos en casi todas las asignaturas y solo un par de resultados por sobre los 95 enorgullecerían a cualquier padre. Por toda reacción, mi madre dijo: ¿97.5 de promedio? ¿Y por qué no 100 si todo lo que haces es estudiar?
La tángana terminó, como siempre, con la frase: “ahora no me entiendes, un día entenderás”

Y por supuesto, en ese momento yo no entendí ni deseaba entender. Me pareció injusto.

Segunda anécdota:
A principio de los 90 puse todo mi empeño en aprender AutoCAD y ese esfuerzo se vio compensado con un trabajo diseñando hoteles para Meliá. Cosa que en Cuba no es poca cosa.

En los primeros meses del diseño del Meliá Habana me propuse crear un modelo 3D del hotel que se presentaría a inversores y el gobierno. Fue un objetivo bastante arriesgado contando con las máquinas de aquellos tiempos y porque yo además no tenía a quién preguntar. En esa época, tal cosa, a tales dimensiones no se había hecho en Cuba jamás.

El proyecto se presentó y las imágenes fotorealisticas sirvieron para abrir puertas y las billeteras de los inversores. Todo un éxito. Al terminar, Enrique Martinón, inversionista principal y a quien debo muchísimo, vino a nosotros y nos pidió que preparáramos una segunda presentación para la semana entrante y se fue.

Yo, que tenía menos de 30 años, le dije a Abel García que bien podía «el gallego» haber dicho gracias o incluso felicitarnos por el trabajo que entregamos.

  • El no tiene que dar las gracias, él paga y espera un trabajo bien hecho. El paga resultados.

El sistema de Cuba nos ha deformado premiando, a su manera, lo bueno, lo regular y lo malo. Crecimos oyendo la canción infantil “A las cosas que son feas, ponles un poco de amor”. Y nuestra vida se ha convertido en una colección de diplomas, palmaditas en la espalda, lo hagamos bien o mal e incluso sin hacer nada.
Y así hemos bajado las expectativas que de tanto bajarlas, hemos tenido que calzar con conformidad, con agradecimiento, con amor a lo feo, a lo que no funciona, a lo que no nos resuelve ni nos place. Resultando en una sociedad que convive con lo mediocre. Porque “no hay más na’”, “porque esto es Cuba”, o “imagínate”.

Y peor aún, cuando alguien espera o exige algo más, lo escudriñamos y nos concentramos en quién lo dijo y no en lo que dijo. Si ese mensajero vive fuera de Cuba, entonces es decepción.

Es un hecho que La Habana está hecha trizas. Es un hecho que el 90% de su patrimonio está en estado “Malo” de conservación. Los números son los mismos si lo digo yo desde Alemania o un cubano en Mayarí Arriba. La realidad no la hace quien la describe. Está ahí gústele a quien le guste. Si alguien te pone un espejo delante de tu cara, no tiene culpa de la imagen que ves en ella.

Yo soy producto de esa sociedad, yo salí de allí con más diplomas, títulos y currículos que ropa en mi maleta. Y llegué a una sociedad que valora resultados; el amor, las intenciones y el esfuerzo que le pongas a las cosas que haces son irrelevantes. Se valora el resultado, lo tangible.

Y fue cuando quise entrar a la cámara de arquitectos de Berlín y la embajada cubana se negó a dar la información de mi trabajo que la firma española para la que había trabajado tantos años desde Cuba avaló y respaldó los resultados que yo mostraba en mi currículo.

Hace tres años, viajé a Cuba; estaba casi seguro que sería la última vez que vería mi madre viva. Y así fue. Viajé con la intención primaria de decirle a mi madre: Gracias por tus «peleas», ya entendí

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